15/2/10

¿Por qué no voy a misa? Un análisis critico y breve del pensamiento Católico Romano y el Protestante (Reformado) de la eucaristía (1era Parte).



Como bien es conocido en el circulo de la religión cristiana, la reforma protestante del siglo XVI trajo consigo la apertura a un debate teológico entre las tradiciones de la iglesia católica Romana y las verdades bíblicas que hasta el momento permanecían escondidas. Este debate, que se ha extendido hasta nuestros días, incluye un sin número de tópicos distintos, tales como: la justificación de los pecadores, ¿Por fe, obras o ambas?, ¿Escritura o tradición?, ¿Son validas las indulgencias?, ¿Existe el purgatorio?, entre otros. En este escrito quisiera analizar de manera detenida, clara y sencilla, aunque no completamente exhaustiva, un tema que se coloca como uno más entre tantos que marcan la diferencia, impidiendo la reconciliación de estos grupos.

Esto ha surgido tras meditar personalmente en una pregunta que muchos Católicos Romanos hacen a los evangélicos. En mi caso en especifico, tengo en la actualidad familiares y amigo católicos romanos que han pensado y se preguntan esto, ¿Por qué no asisto a una misa?, al final, ¿no es esta un servicio a Dios?

Si bien, tristemente muchos piensan que el no asistir a una misa es simplemente el resultado de un celo anticatólico infundado, quisiera empezar respondiendo que la postura reformada que se opone al servicio de la misa no descansa en un sentir personal o celo injustificado sino más bien en una base netamente teológica y/o escritural. Como veremos más adelante, el problema tras el rito o como tradicionalmente algunos llaman el “sacrificio de la misa” no es un asunto personal o sentimental sino bíblico. En este punto, es prudente destacar, que el análisis a realizarse en las líneas siguientes no tienen el propósito ni de ofender ni acusar a nadie, mas bien lo que se busca es traer luz sobre un tema que entiendo tanto católicos romanos como evangélicos de la actualidad no conocen ni se interesan por conocer. Si te consideras cristiano, debes procurar con todo tu ser de conocer la verdad de lo que crees y asegurarte que tu fe y práctica estén fundadas en el testimonio infalible y suficiente de la palabra de Dios. En este escrito se presentarán opiniones sobre un tema serio y crucial para todo aquel que este interesado en una correcta relación con el único Dios vivo y verdadero y con la salvación de su alma; pero tales opiniones no son mas que opiniones si no encuentra sus sustento en la Biblia. Si al finalizar este estudio, la interpretación dada a los textos bíblicos no es la correcta, el autor de este se encontrará en serios problemas. Pero si al terminar de leer, mi amigo lector, quedas persuadido de cual es la verdad Bíblica referente al tema a tratarse, no tienes mas opción que someterte a esa verdad.

Todos los reformadores estaban unidos en el rechazo del sacrificio de la misa, si bien muchos de ellos se distanciaron entre sí en su enseñanza eucarística, sin embargo todos tuvieron este punto en común, que la instrucción Católica-Romana referente a la eucaristía socava verdades esenciales del genuino cristianismo. Ahora bien, ¿Qué movió a estos hombres a rechazar las enseñanzas de la iglesia Católico Romana, referentes a la misa y lo que esta representa?

De modo que sea más fácil el entender la respuesta detrás de esta pregunta, consideremos las enseñanzas de la iglesia Católica Romana. Si bien las posiciones de esta han variado a través de los siglos, veamos de manera resumida lo que esta ha enseñado al respecto y las diversas variaciones que tales enseñanzas han sufrido. Iniciaremos presentando la postura del catolicismo medieval, seguido de la reacción protestante. Finalmente, consideraremos las enseñanzas de la contrarreforma Católica y como las tales se han ido impartiendo hasta el día de hoy.

La Postura del catolicismo Romano Medieval

La Doctrina Eucarística del catolicismo medieval expresa que el sacerdote cristiano ofrece a Cristo, realmente presente bajo las formas del pan y el vino, como un sacrificio propiciatorio (apaciguador o pacificador de la ira) a Dios por los pecados de los vivos y los muertos. Tal postura surge tiempo después, con la inclinación que se creó en obispos tales como Cipriano a mediados del siglo III de considerar la cena del Señor como un sacrificio verdadero. A la luz de esta expresión del catolicismo medieval, vemos que la teología católica-Romana en ese momento veía en el ritual eucarístico, o lo que comúnmente llamamos misa, un evento en el cual los elementos del pan y el vino son convertidos milagrosamente(a través de la transubstanciación) en el mismo cuerpo y sangre de Cristo que es entregado (sacrificado) continuamente, como un sacrificio propiciatorio. En pocas palabras, cada vez que se celebra el ritual de la misa, Cristo mismo, en los elementos del pan y el vino, es entregado como la hostia (victima) en sacrificio delante de Dios con el propósito de satisfacer (propiciar) la ira de Dios justa por nuestros pecados. Esta postura se ve confirmada tanto en la teoría como en la práctica. El uso de términos tales como Sacerdotes, hostia, sacrificio eucarístico, el santísimo, típicos de la iglesia romana ponen de manifiesto la realidad propiciatoria con la que se concibe el ritual de la misa.


La respuesta de la reforma protestante

De aceptar la postura católica-medieval, la conclusión lógica que se deduce de esta enseñanza es que el sacrificio de Cristo en la cruz fue de algún modo insuficiente para satisfacer las demandas que Dios en su justicia exige por nuestros pecados, y como tal, requiere de nosotros una especie de cooperación, en este caso por medio de la eucaristía en la cual se repite este sacrificio, completando su efectividad vez tras vez en la misa. Al mismo tiempo da a entender que el sacrificio entregado por el sacerdote católico es en cierta manera igual en propósito y eficacia a aquel sacrificio hecho en la cruz cuando el Unigénito Hijo de Dios fue entregado en nuestro lugar.

Al considerar esta opinión, vemos que la iglesia Romana cometió el error de no diferenciar de manera enfática y clara el sacrificio de Cristo hecho en la cruz por nosotros y nuestros sacrificios (adoración, alabanza, etc.) ofrecidos hoy por medio de Él durante los servicios de adoración. Es por esto que los reformadores se presentan en contra de la doctrina católica de la eucaristía.

Como bien dijo Thomas Cranmer, en su estudio sobre la cena del Señor conocido como “Cranmer on the Lord’s supper”, planteando la diferencia que los reformadores a la luz de las escrituras entendieron:


“Una sola clase de sacrificio hay, que se llama propiciatorio o misericordioso, vale decir, un sacrificio que pacifica la ira e indignación de Dios, y obtiene misericordia y perdón por todos nuestros pecados… Si bien en el antiguo testamento había ciertos sacrificios llamados por ese nombre, en realidad de verdad no hay más que un sacrificio por medio del cual son perdonados nuestros pecados y se obtiene la misericordia y el favor de Dios. Este único sacrificio es la muerte del Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo; tampoco fue ningún otro sacrificio propiciatorio en momento alguno, como tampoco lo habrá. Este es el honor y la gloria de nuestro sumo sacerdote, el cual no admite ni socio ni sucesor….

Hay otra clase de sacrificio, que no nos reconcilia con Dios; lo hacen aquellos que son reconciliados por Cristo, para testificar nuestras obligaciones para con Dios, y laudatorios, de alabanza y acción de gracias.

La primera clase de sacrificio, Cristo la ofreció a Dios por nosotros; la segunda clase, nosotros mismos la ofrecemos a Dios por medio de Cristo”.


En este punto, sería saludable y prudente apelar al testimonio infalible de la palabra inerrante de Dios. ¿Qué nos dice la escritura referente al sacrificio de Cristo? ¿Acaso da esta lugar a que veamos en nuestros sacrificios, o más específicamente, en el evento por medio del cual se presentan los elementos del pan y el vino (la misa o santa cena), sacrificios propiciatorios?

En nuestra próxima entrega tendremos dos muestras bíblicas que los reformadores entendieron como testimonio del inigualable valor del sacrificio de Cristo.